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No es lo que se dice

Un vitral no es una claraboya y es algo más que una vidriera

 

Tanto el vitral como la claraboya transmiten luz natural al interior de un recinto. Pero hay un primer factor determinante que los diferencia: su emplazamiento. Mientras la claraboya se sitúa en el techo proporcionando iluminación cenital (1), el vitral proyecta su luz desde las partes altas de los paramento(1).

Otro rasgo distintivo es el diseño. La claraboya, por lo común monocroma o simplemente traslúcida, está compuesta de piezas vítreas homogénas, carentes casi siempre de especial alarde artístico; el vitral, en cambio, presenta siempre una compleja y multicromática combinación de cristales, de tamaño y color diferentes, que plasman por lo general figuraciones exquisitas.

Pero también hay claraboyas que exhiben policromías muy elaboradas, y es en este parecido donde podría radicar el origen de la confusión que induce a algunos a dar el nombre de vitral a una claraboya.

La vidriera es el embrión de un vitral. En sí la vidriera tiene vida propia y protagoniza con elegancia el embellecimiento de entornos estancos que reciben el calor y la magia de su tamizada luz. Pero cuando ese bastidor (1) cuajado de multicolores y artísticos cristales va creciendo de tamaño hasta adquirir grandes dimensiones a fin de cerrar vanos extensos, entonces estamos ante un vitral.

Lo que admiramos por tanto en nuestras grandiosas catedrales no son vidrieras, sino vitrales.

Por último, muchos rosetones primorosamente encristalados entran en la categoría de vitral.

 

 

Claraboya sencilla de la casa rural Puerta del Sol.
Arcos de la Frontera (Cádiz). 1910.

Claraboya artística del Palau de la
Música Catalana. Barcelona. 1908.

Vitrales de la catedral de León. Siglo XIII.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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