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No es lo que se dice

Es inadecuado llamar “trasdosado” a un revestimiento

 

En el mundo de la construcción se está imponiendo desde hace tiempo y de forma equívoca el término trasdosado para señalar cualquier revestimiento que se da a una pared a fin de proporcionarle un mayor aislamiento térmico o acústico, o simplemente para embellecerla. Sin embargo, y para ser exactos, es o está trasdosado un elemento arquitectónico únicamente cuando su trasdós no es visible por estar cubierto por otro elemento que lo monta o al que se adhiere o por quedar encastrado en una estructura que lo absorbe, como pasa, por ejemplo, con una chambrana, una pilastra o un friso cuando están embebidos en el paramento (1). Es la forma habitual que presentan los arcos y las bóvedas, paradigmas del trasdosamiento. En arquitectura todo se trasdosa; en ello radica su éxito; es la clave y la norma fundamental para dar solidez y seguridad a la edificación. Unas piezas montan sobre el trasdós de otras para conseguir la estabilidad de todo gracias al peso de las partes. El trasdosado tiene por tanto función estructural.

En cambio, la nueva acepción de trasdosado que ahora se inocula en la jerga de la construcción hace referencia a un aditamento superficial, prescindible en sí mismo, que no interviene en la conformación de la fábrica del edificio. Quien tapa con paneles o cubre con mezcla (1) un muro no está actuando en modo alguno sobre el trasdós de los sillares, bloques (1) o ladrillos; se limita simplemente a ocultar su cara vista. Y para expresar esa acción ya existen hace tiempo las palabras adecuadas, y no pocas, ciertamente. Pero son voces sencillas, sin afectación, que dicen lo que todo el mundo entiende: revestimiento, recubrimiento, solapamiento, guarnecido, aislamiento, insonorización…, según los casos.

Un mal día, sin embargo, alguien pensó que eran términos muy simples, al alcance de cualquiera, y tomó la fatua iniciativa de arrinconarlos, para perpetrar acto seguido un semanticidio en las consagradas voces trasdosar y trasdosado alterando radicalmente su significado. Son lemas estos, cómo dudarlo, mucho más arcanos y exóticos que otros bien conocidos, y elevan inmediatamente al ignorante que los usa con la nueva y arbitraria acepción a un rango superior, proporcionándole ese apetecible halo de erudición envidiable. Y por desgracia ya sabemos con qué rapidez se transmiten los virus de la petulancia y la estupidez.

No se insistirá lo bastante en la necedad que entraña invadir otros territorios semánticos para extrapolar significados que no hacen sino crear confusión y fomentar la malnutrición del idioma.

 

 

Bóveda ojival con gallones. Capilla de Santa
Bárbara. Claustro de la catedral vieja de
Santa María de la Sede. Salamanca. 1334.

Arquivolta de la ermita de Santa María. Chalamera
(Huesca). Siglo XII.

Revestimiento de una pared, mal llamado
‘trasdosado’.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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