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No es lo que se dice

Alomados… ¿hay realmente puentes “alomados“?

 

No parecen tan unívocos el término lomo y su derivado alomado. En arquitectura, la locución «lomo de asno» es de uso común para referirse a la encorvada flecha (1) de algún puente (3) románico y de la mayoría de los puentes góticos. Pero cuando miramos enteramente la silueta de cualquiera de estos pasos fluviales (la común esfericidad del ojo central no interviene en este asunto) nos cuesta imaginarnos su equivalencia con el referido lomo del familiar pollino.

Al transitar por un puente de esas características intuimos, por su mayor o menor pendiente, la creciente convexidad a medida que nos acercamos al ojo o arco central, intuición que se hace patente al contemplar el puente en su integridad frontal. Lo que vemos desdice el parecido que tradicionalmente se le atribuye con el lomo asnal, esa línea recta o incluso un poco cóncava que, comenzando en la cruz —la parte más alta del lomo, donde se juntan los huesos de las patas anteriores con el espinazo—, se extiende hasta la abombada grupa. Pero la grupa ya no es lomo. ¿Dónde se inspira pues el símil arquitectónico «lomo de asno»? En el asno mismo, ciertamente, pero no en la porción casi recta ya descrita de su espalda, sino en la línea que dibujan las redondeadas ancas que le siguen, las cuales, por su proximidad al lomo, son indeliberadamente asimiladas a este como un todo. Sin embargo, la curvatura cóncava del lomo de algunos borricos (el llamado lomo “ensillado”) es tan pronunciada que incluso podría sugerir —en sentido inverso, naturalmente— la convexidad que nos ocupa. Pero no es el caso.

Por otra parte, la pretendida similitud de estos puentes con la oronda silueta que proyecta el pollino, visto por delante o por detrás o desde arriba, a cada lado del costillar —aparte de ser común a todos los cuadrúpedos— podría trasladarse también a cualquier puente visto de frente con tablero (7) recto y ojo u ojos arqueados. Y sucede que la expresión «lomo de asno» (que no “lomos de asno”) se aplica en exclusiva a determinados puentes del Medievo.

He aquí por tanto un claro ejemplo de cómo un error vulgar en la denominación exacta de lo que vemos en un rucio puede infiltrarse en la jerga al uso, llegando a consagrar expresiones falsas hasta en los mismísimos manuales de arte. Y así, la ambigüedad semántica que popularmente se ha adjudicado en este caso a lomo ha enmascarado el verdadero sentido de «alomado», y con tal calificativo se siguen designando hoy los puentes arriba mencionados.

Menos mal que lo que salta a la vista no engaña, y al final, aunque con rodeos, terminamos sabiendo que un burro y un puente medieval no guardan entre sí más parecido que el que pueda brindarnos, especialmente de perfil, la grupa del jumento.

Si tal hallazgo tampoco fuera convincente, podríamos tal vez buscar otro cuadrúpedo que pudiera aportar sin titubeos alguna semejanza anatómica con la silueta de nuestro puente gótico, y el toro con su arqueada cerviz sería probablemente un buen candidato. Hay quien aboga también por el dromedario, cuya joroba como referente de arqueamiento no deja lugar a dudas.

Pero quien sabe si, cambiando completamente de enfoque, el apelativo “acodado” no daría cabal respuesta a nuestra demanda.

 

 

asno de lomo “ensillado”

Puente gótico sobre el río Llobregat.
Pedret (Barcelona). Siglo XIII.

Puente románico de Moscarales sobre el barranco
Ferrara. Boltaña (Huesca). Siglo XI.

Puente sobre el río Becedillas. Becedas (Ávila).
Siglo XII.

Puente sobre el río Iso. Ribadiso (La Coruña).
Siglo XVI.

Puente de Obarra sobre el río Isábena (Beranuy,
Huesca). Siglo XI.

 

 

(clica encima de las imágenes)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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