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El arte mudéjar: ni moro ni cristiano

 

Al decir de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), en el arte mudéjar tenemos «el único tipo de construcción peculiarmente español de que podemos envanecernos». Afirmación tan rotunda y excluyente nos lleva a preguntarnos sorprendidos si hemos de dejar fuera de lo genuinamente hispánico el arte mozárabe y el plateresco y hasta el churrigueresco, pues todos se gestaron de la misma manera: en estrecha simbiosis de aportes originales y una realidad artística preexistente. Pero este artículo solo habla del arte mudéjar.

En el Bajo Medievo, la dificultad de los reyes cristianos para repoblar los vastos territorios que desde el norte peninsular iban reconquistando a al-Ándalus les abocó a autorizar a la población andalusí vencida a quedarse en sus tierras bajo dominio cristiano. En compensación —o mejor: por liberalidad y magnánimo otorgamiento reales— el pueblo sometido mantendría su hacienda, la práctica de la religión islámica, la lengua propia y la organización jurídica de sus instituciones. Se repetía así, pero a la inversa, el tratamiento dispensado a inicios del siglo VIII por los invasores bereberes y árabes al rendido pueblo visigodo, que tuvo como consecuencia el origen de la sociedad mozárabe. Y de igual forma que aquella realidad social alumbró artísticamente durante tres siglos un estilo (1) nuevo, el mozárabe —que a partir del año mil sería absorbido por el románico—, la nueva sociedad mudéjar que ahora se forja crea también una nueva forma de hacer arte, fruto de la pervivencia de la tradición mora en armónica convivencia con las maneras cristianas, que hacen emerger una expresión artística muy diferente de los elementos islámicos y occidentales que la integran.

El soporte cultural del arte andalusí, o sea, el dominio político del islam, ahora ha desaparecido, así que el estilo mudéjar ya no pertenece al arte islámico. Del otro lado, los modelos románico y gótico que se dan a conocer en los reinos hispanomusulmanes recién amortizados se toman con un criterio lo suficientemente permeable como para efectuar una conjunción con las formas andalusíes, generando cánones artísticos que trascienden con mucho la encomiada avenencia de las «tres culturas»; mientras estas conviven sin más compromiso que el mutuo respeto y una relativa independencia, el arte andalusí y los estilos occidentales se funden entre sí, perdiendo sus identidades, a fin de alumbrar un nuevo estilo: ni moro ni cristiano, y que la cristiandad hispana propagará enardecida por todos sus reinos.

El estilo mudéjar no corresponde, pues, ni a la historia del arte islámico ni a la del arte occidental cristiano. Dentro de su diversidad (mudéjar castellanoleonés, toledano, aragonés, andaluz, extremeño, etcétera) es un fenómeno singular y unánime que no se da fuera de la península ibérica y de sus territorios ultramarinos. Esta mudejarización tiene dos vectores: se mudejariza la población, pero también los monumentos islámicos —tan admirados por otra parte por los cristianos—, principalmente los alcázares y las mezquitas, que han quedado sometidos al nuevo dominio que ahora los habita y reformula. Era este el primer paso para el nacimiento del mudéjar: la aceptación social de la pervivencia del arte andalusí en la España cristiana.

Lo mudéjar, cuya partida de nacimiento podemos cifrarla en el siglo XII y localizarla probablemente en Sahagún (León), por obra de alarifes de Toledo, constituye un fenómeno de larga duración, mucho más dilatado en el tiempo que los sucesivos estilos occidentales europeos (románico, gótico, renacimiento), de los que es coetáneo, como igualmente lo es respecto de los distintos periodos del arte andalusí con los que coincide (almorávide, almohade, nazarí), sobreviviendo incluso tras la conquista de Granada y dejando muestras de su hacer hasta bien entrado el siglo XVII.

En el tradicional afán por parte de algunos tratadistas en restarle personalidad al arte mudéjar tachándolo de simple estilo decorativo, se olvidan dos cosas: a) que, en fiel referencia a su origen andalusí, el arte mudéjar eleva lo ornamental a categoría arquitectónica —como ya lo había hecho el arte islámico, de cuya identidad hoy nadie duda— y b) que hallazgos como las cubiertas de parhilera y par y nudillo, los campanarios con dos torres concéntricas y las ubicuas construcciones de ladrillo con superficie mural singularmente identitaria —por mencionar solo los más importantes— constituyen avales suficientes para no negarle al arte mudéjar su unidad arquitectónica.

Ver también este artículo.

 

 

Claustro del monasterio de Guadalupe (Cáceres). 1405.

Torre de la iglesia del Salvador.
Teruel. Siglo XIV.

Iglesia de Santa María. Tobed (Zaragoza). Siglo XIV.

Casa de los caballeros de Santiago. Córdoba. Siglo XIV.

Casa de Pilatos. Sevilla. Siglos XV y XVI.

Armadura de par y nudillo. Iglesia de Ntra. Señora
de la Paz. Cevico Navero (Palencia). Siglo XIV.

Castillo de Coca (Segovia). Finales siglo XV.

Fachada oeste de la iglesia de Santiago del Hospital.
Toledo. Segunda mitad del siglo XIII.

Ábside de la iglesia de Santiago. Cuéllar
(Segovia). Siglo XII.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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