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No es lo que se dice

El discutido término “mudéjar”

 

Desde que en 1859 el historiador y crítico de arte José Amador de los Ríos (1818-1878) utilizara por vez primera el término mudéjar en su discurso de ingreso en la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando de Madrid, no han cesado los intentos de sustituir este término por otro, al considerar algunos poco afortunada su formulación.

Etimológicamente mudéjar deriva del árabe mudayyan (‘aquel a quien se ha permitido quedarse’), expresión con la que se reconocía al vencido moro como legítimo residente en los territorios reconquistados por los reyes cristianos durante la Edad Media y los albores de la Edad Moderna. Este carácter político-étnico de los musulmanes que prefirieron no migrar a África tras el progresivo descalabro de al-Ándalus, al contacto con la ahora hegemónica presencia cristiana y sus manifestaciones artísticas, fue alumbrando una nueva manera de fabricar arte, un nuevo estilo (1) que sería determinante en aquella renovada España que comenzaba a forjarse.

En la historia del arte los diferentes estilos han adoptado casi siempre el nombre de los pueblos que los crearon (arte egipcio, arte sumerio, arte griego, arte romano, arte visigodo, arte asturiano…), pero a finales del siglo XIX se alzaron algunas voces prejuiciosas requiriendo, en referencia exclusiva al arte mudéjar, que el factor étnico no determinara la denominación artística, y que sus manifestaciones se designasen por sus características formales y no por la condición personal del artista. Semejante reclamación se alineaba inopinadamente con la incongruencia, pues era claro que al apelar a tal criterio se hacía necesario revisar toda la Antigüedad y se olvidaba que las exigibles “características formales” habían emanado siempre y directamente —al menos hasta el románico— de la étnica idiosincrasia de sus artífices. Con ánimo de apaciguar lo ánimos no faltaron entonces quienes recordaron que gran parte del arte mudéjar existente había sido obra de artistas cristianos fascinados por el nuevo estilo surgido de la cohabitación.

No han faltado nostálgicos del programa didáctico que el románico y en menor medida el gótico desarrollaron durante siglos con abundante iconografía catequética, y se han apresurado a tachar el arte mudéjar —al que por otra parte niegan la categoría de arte independiente— de “románico degradado”, por cuanto que en él se prescinde —en consonancia con la tradición coránica, de la que en cierto modo es tributario— de cualquier alusión figurativa, ni siquiera como ornamento.

Otros entendidos, como el marqués de Lozoya en su monumental Historia del arte hispánico, de 1934, salían al quite proponiendo «arte morisco» como alternativa a mudéjar, formulación que no prosperó por el significado religioso que “morisco” había tenido sobre todo desde finales del siglo XV y hasta bien entrado el siglo XVII: moro convertido forzosamente al cristianismo; por lo que era llamado con desdén “cristiano nuevo”, condición que, frente a la de “cristiano viejo”, era preterida en cualquier intento de promoción individual y familiar en todas las instancias políticas, militares o eclesiásticas.

El término «mudejarismo» acuñado con intención conciliadora a mediados del siglo XX ayudó poco a clarificar ideas, pues pronto encarnaría para un sector crítico el afán de algunos entusiastas de calificar como mudéjar lo que no lo era o se definía claramente como islámico.

La inevitable regionalización del arte mudéjar —determinada por la distancia temporal que impuso la lenta Reconquista y la tradición monumental islámica de cada región— tampoco ha ayudado al discernimiento, pues mientras algunos gustan hablar del “románico (y del gótico) de ladrillo” para referirse sobre todo al mudéjar castellanoleonés, al de Aragón y al toledano, otros se expresan en clave arabista para resaltar el sello almohade de los monumentos edificados en la Toledo cristiana a partir del siglo XII o la marca nazarí en las obras construidas en gran parte de Andalucía tras las capitulaciones granadinas de 1492.

Con “románico-mudéjar” y “gótico-mudéjar” se ha querido más recientemente conciliar posturas, pero se evidencia con ello el papel ancilar que se sigue atribuyendo a lo mudéjar, especialmente cuando se pone el acento en su exuberancia decorativa silenciando su dimensión arquitectónica. Quienes abogan por esta yuxtaposición verbal no consideran el mudéjar como una nueva expresión artística diferente de los componentes que la integran, y fundamentalmente distinta de los estilos del arte occidental europeo.

La «arquitectura cristiana islamizada» de José María Azcárate (1990) es otro intento de mediar en la disputa, pero tal definición no llega a elucidar las esencias mudéjares, que no son otra cosa que una síntesis de los elementos islámicos y cristianos para alumbrar una nueva unidad estética: el arte mudéjar como categoría independiente de periodización artística.

Ver también este artículo.

 

 

Sinagoga del Tránsito (Museo Sefardí). Toledo.
Mediados del siglo XIV.

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.
Utebo (Zaragoza). Siglo XVI.

Palacio de Sotofermoso. Abadía (Cáceres). Siglo XII.

Iglesia de la Asunción. Peñarandilla (Salamanca).
Primer tercio del siglo XIII.

Iglesia de San Nicolás de Bari. Madrigal
de las Altas Torres (Ávila). Siglo XIII.

Palacio del rey Pedro I de Castilla. Convento de Santa
Clara. Tordesillas (Valladolid). Siglo XIV.

Iglesia de Santa María. Ateca (Zaragoza). Siglo XIII.

Iglesia del Salvador. Rágama (Salamanca).
Siglo XVI.

Iglesia de San Andrés. Aguilar de Campos
(Valladolid). Primer tercio del siglo XV.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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