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No es lo que se dice

Imposta: de elemento de apoyo a pieza ornamental

 

La imposta, como tantas cosas en arquitectura, existe “a consecuecia de”. La invención del arco y de la bóveda son la causa. Para construir uno y otra se necesitó, y se necesita, el concurso de la cimbra (2). Hasta que esta no apareció se armaban solamente toscas y rudimentarias bóvedas por aproximación de hiladas (1), fruto de acercar a hueso los mampuestos, en círculo y con tiento, buscando el centro del espacio que se deseaba cubrir. Con el hallazgo de la cimbra se hizo más fácil y perfecta la ejecución del cerramiento, pues ahora unos sillares bien escuadrados permitían un aparejo uniforme y ajustado, sin tener que preocuparse de mantener el equilibrio de las piezas, misión encomendada a la cimbra. A veces esta apeaba directamente en el suelo; otras, sin embargo, cuando el arco o la bóveda se situaban a alturas mayores, hubo que acortar la longitud de la cimbra para economizar madera, y se le buscó un punto de apoyo próximo al arranque del arco o de la bóveda. Los sillares del paño (3) contiguo a cada extremo de la cimbra, oportunamente sobresalidos del muro unos centímetros, fueron la solución. Y de este modo nació la imposta, grosera y horra de labra (1) al principio, pero que con el tiempo, cuando se integró en el programa ornamental de la fábrica, moldurando su perfil adquiriría formas mucho más refinadas.

Aquella imposta inicial que había desempeñado funciones exclusivas de soporte, pronto se revelaría como un óptimo recurso decorativo, transferible también a otras zonas de la obra (2) donde no había estructura alguna que sostener. Las más exigentes arquivoltas (2) de los templos románicos y góticos quisieron contar con ella para mejor ornamentar la portada que enaltecían. Fue entonces cuando también hizo acto de presencia la imposta quebrada, de rica labra o apenas moldurada, como línea divisoria de dos órdenes (2) bien distintos: el circular correspondiente a las abocinadas arquivoltas y el rectilíneo de las acodadas columnas, con la particularidad de que a veces la imposta, al montar sobre ábaco(1) y cimacio(3), se fundía con ellos, acomodándose en graduales quiebros a la sucesión acodillada de los capiteles como un todo inseparable.

Parecida simbiosis adoptaría la imposta de altos vuelos en la base de la bóveda cuando encontrase en su camino el capitel de una columna o el sucedáneo conglomerado de pilares (1), pero tras superar el ‘obstáculo’ o mimetizarse con él, volvía a ser la imposta corrida  del comienzo.

Por su parte, con mayor o menor vuelo y con perfil de moldura, la llamada «línea de imposta», que nunca fue apeo (2) de nada, comenzó a individualizar visualmente los distintos niveles o pisos (3) del trasdós (4) y el intradós (1) de algunos ábsides, separando el zócalo (3) inferior de los vanos superiores.

También los paramentos (1) exteriores de los edificios más austeros, torres y hastiales principalmente, encontraron en la imposta corrida el modo de romper el monótono aparejo de la sillería (1), al tiempo que servía para señalar las diferentes alturas del bastimento.

La invariable desnudez actual de las crujías románicas —en otro tiempo con paño(3) poblados de pinturas—, encuentra hoy en la imposta que recorre la base de la larga bóveda de cañón el contrapunto necesario que dota de ritmo visual a los severos paramentos.

Entre comentaristas, cicerones y guías turísticas es recurrente la invariable atribución a cualquier imposta de la función de soporte que no tiene. Y oímos decir, por ejemplo, que “la bóveda de cañón tiene sus puntos de apoyo en la imposta” (cabe preguntarse qué dirán cuando no haya imposta alguna, cosa que sucede muy a menudo). También hay quien afirma a propósito de una chambrana con imposta a sus pies, que aquella se apoya en esta, como si el paño donde la chambrana se cobija no fuese suficiente para amarrarla. Hasta la definición académica de imposta, que los diccionarios al uso toman al pie de la letra: «hilada de sillares algo voladiza, a veces con moldura, sobre la cual va sentado un arco», da por sentado —nunca mejor dicho— que el arco carga sobre la imposta las tensiones que recibe y no sobre las columnas o los responsiones que lo sustentan.

Pero la imposta sobre la que un día se apoyó la cimbra y que por lo común prosperó después como rica moldura ornamental en solitario o en comandita con otros elementos es incapaz de soportar las cargas estructurales (2) de arcos y bóvedas, que ellos mismos, por otra parte, reabsorben en parte, al tiempo que transmiten a los contrarrestos las tensiones que solos no pueden asumir.

Reiteramos, para concluir, que la misión de la imposta hoy no es otra que decorar, desempeñando a la par dos tareas fundamentales: indicar en altura las divisiones de los tramos horizontales de un muro y señalar los arranques de bóvedas, nervios, arcos y arquivoltas. Cualquier otro intento de definir la imposta como soporte estructural (1) sonará a impostado.

 

 

Imposta quebrada sobre capiteles. Iglesia de
Santa Clara. Molina de Aragón (Guadalajara).
Finales del siglo XIII.

Impostas corridas organizando los tres órdenes
del presbiterio. Colegiata de Santa Cruz de
Castañeda. Socobio (Cantabria). Siglo XII.

Imposta corrida bajo las bóveda góticas de la
catedral de Santa María. Tortosa (Tarragona).
Siglo XIV.

Iglesia de Santa María del Castillo.
Torremormojón (Palencia). Segunda mitad
del siglo XII.

Impostas de la cabecera de San Martín de
Tours. Frómista (Palencia). Siglo XI.

Impostas señalando pisos. Palacio de Carlos V.
El Bocal, Fontellas (Navarra). Siglo XV.

 

 

(clica encima de las imágenes) 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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