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No es lo que se dice

Claves menores que no existen

 

Al describir en la arquitectura gótica la bóveda de crucería, y muy especialmente la de tracería (2), se suelen mencionar las “claves menores” para referirse a esos decorativos florones que tachonan la bóveda cual orientadoras estrellas en la enmarañada red que forman los nervios, tanto los auténticos como los aparentes, recorriendo en todas direcciones los plementos. Esos dorados hitos celestes se califican acertadamente de “menores”, porque pocas veces compiten en volumen con la “clave principal”.

Este equitativo reparto de tamaños no torna, sin embargo, en verdadera la falacia de atribuir a un simple florón la categoría de clave. Porque —digámoslo ya— en una bóveda convencional, cualquiera que sea su hechura, solo hallamos una clave o espinazo, exactamente en el centro, esa dovela final más grande, que en el proceso constructivo dio consistencia y equilibrio al resto de la fábrica, y sin la cual la bóveda se vendría abajo (como tampoco tendríamos arco sin la dovela que lo remata). La clave es la llave que cierra la semiesférica armadura pétrea que hace de cubierta (1). Pero ni siquiera es visible; la tapa un ornamentado rosetón (2) presidencial, a cuya imagen y semejanza se han labrado los accesorios florones que le orbitan. Salvo excepciones, toda clave tiene por destino quedar oculta, y la de la bóveda particularmente. El rosetón que aquí la hace ‘visible’ no añade nada a su función de piedra angular (3), gracias a la cual la bóveda se mantiene enhiesta. Ese abultado ornamento se añadió más tarde, cuando la última dovela había demostrado fehacientemente su eficacia. Pues bien, solo en ese puro ornato fundamentan las “claves menores” su existencia. Son, sin más, una copia. Y al igual que el rosetón, tampoco ellas son claves. Pero hay una diferencia: mientras el rosetón monta sobre la clave indicando el punto crítico de la bóveda, los florones no montan sobre clave alguna. Al rosetón, por su análoga ubicación con la dovela central, lo llamamos clave, y acertamos. Pero ¿qué justifica que un simple florón reciba también tal nombre?

Por seguir con el símil de la llave, las desenmascaradas “claves menores” no son llaves que cierren nada. Ni siquiera se identifican como meras dovelas integrantes de los paño(1) de la bóveda. Sin embargo, son importantes en el espectáculo visual de la tracería, el aderezo perfecto, tal vez, para encubrir las confluencias de terceletes, ligadura(1) y nervios crucero(2). Son flores, “florones” hemos dicho ya, que cuajan de color la cubierta a mayor gloria del abigarrado y esplendoroso gótico florido. Su declarado parecido con el rosetón —al que ya hemos convenido en llamar clave por analogía— forma parte del programa ornamental de la tracería. Y a tal extremo llega a veces la semejanza entre clave y florones, que ni siquiera logramos distinguir bien una de otros, no solo esta vez por el coincidente tamaño, sino también porque los propios florones adoptan, a imitación de la clave, el ocasional pinjante mudéjar que obstinadamente nos señala desde el cielo.

 

 

Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora. Olmillos
de Sasamón (Burgos). Siglo XVI.

Concatedral de Santa María de la Asunción.
Barbastro (Huesca). Siglo XVI.

Clave de la bóveda del transepto. Catedral de Santa
María. Huesca. Siglo XVI.

Catedral de Santa María de la Huerta. Tarazona
(Zaragoza). Siglo XIV.

Catedral de Santa María. Plasencia
(Cáceres). Siglo XVI.

Clave con pinjante. Iglesia de Santa María. Tobed
(Zaragoza). Siglo XIV.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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