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No es lo que se dice

Enjalbegar blanquea más

 

Al igual que se avienta el trigo en la era, en el diccionario se avientan a menudo las palabras para desembarazarlas de lo espurio. No siempre pasa, ciertamente, pero con frecuencia el término que sometemos a consulta nos remite, quizá sin explicación o con lacónica abreviatura, a otro lema en el que tal vez ni siquiera habíamos pensado. Y a él vamos. O deberíamos ir, pues la nueva voz a la que por fuerza llegamos es la aconsejada: por su mayor uso, por su fidelidad etimológica o porque goza todavía de buena salud, a pesar de los asedios.

Como única apostilla para justificar este filtrado verbal y su remisión a otra entrada, el lexicón suele añadir al término requerido alguna de estas abreviaturas: desus. (desusado), coloq. (coloquial), amb. (ambiguo), deform. (deformación), descon. (desconocido), inus. (inusual, inusitado), p. us. (poco usado), vulg. (vulgar). Con ellas nos dice la Academia que la palabra cuyo significado inocentemente inquirimos adolece de alguno de los estigmas abreviadamente referidos. Nuestra búsqueda es, por tanto, pábulo para al viento de la trilla.

Sucede a menudo, sin embargo, que la paja se empecina en adherirse al grano y consigue sortear el tamiz de la auténtica mies. Algo de eso pasa con el verbo enjabelgar, marcado en el diccionario como desus. y reemplazado acto seguido por enjalbegar y jalbegar. Realmente no se trata de un verdadero reemplazo, de una sustitución en toda regla, ya que enjabelgar no llegó nunca a ostentar la titularidad que corresponde a blanquear paredes, titularidad que, en cambio, siempre enarboló enjalbegar. Aquella voz se formó por corrupción fonética de esta, favorecida tal vez por una más fácil pronunciación. Por si fuera poco, en suelo patrio el ser humano, tan proclive a la contaminación verbal, no solo ha producido enjabelgar, sino también otros engendros: jabelgar, jarbegar, enjarbegar, jalbiegar, faldegar y falbegar, todos con el mismo significado de emblanquecer; indicadores por otro lado de lo extendida que está en España, especialmente en la región andaluza, la higiénica costumbre de encalar por fuera las casas, y a veces también por dentro.

El abolengo de una palabra hay que buscarlo en su etimología. Con ella las palabras reivindican su nobleza frente a otras voces advenedizas. Y el étimo que hace a nuestro caso es exalbicare (‘blanquear’), verbo en latín que se formó desde albus -bi (‘blanco’) —a su vez derivado de la raíz indoeuropea albho—, y del cual proceden también ‘albor’, ‘albura’, ‘alba’, ‘albada’, ‘albino’ y ‘albúmina’, todos ellos evocadores de blancura (la base etimológica de blanco y blancura —hoy predominantes frente a albo y albura— hay que buscarla, sin embargo, en el alemán medieval). Hasta la luminosa cal, protagonista absoluta de la acción de jalbegar, nos sugiere con su morfema al un posible origen del mismo tronco latino.

De jalbegar, finalmente, nos viene jalbegue, capa de blanqueo con que se enjalbegan las paredes. Pero por la misma corrupción fonética antes señalada se ha acuñado también jabelga, que pretende decir lo mismo, pero una vez más sin fundamento.

 

 

Cortijo San Francisco. Aguilar de la Frontera
(Córdoba). Siglo XVIII.

Cortijo de San Antón. Vegas del Genil (Granada).
Siglo XVIII.

Frigiliana (Málaga)

Olvera (Cádiz)

Alcalá del Júcar (Albacete)

Cuadra de caballos. Palma de Mallorca. 2010.

 

 

♣ (clica encima de las imágenes)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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