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No es lo que se dice

Monolito, el falso comodín de tantos monumentos

 

En la era de la especialización lo genérico está de moda. Lo cual no deja de ser un contrasentido, una regresión. Porque lo que ganamos conceptualmente elucidando las notas específicas de las cosas, lo perdemos al seguir nombrando cuanto nos rodea como si nada nuevo hubiésemos aprendido en el sano empeño de indagar, a fin de llamar a las cosas por su nombre.

Quienes se obstinan en bautizar como “monolito” lo que no lo es están en ese grupo. Y de tal modo se ha asentado el término en la mente popular que, si nada lo remedia, cualquier estructura alargada y vertical que se erige en conmemoración de algo terminará presentando a corto plazo las credenciales de monolito a la Asociación de Academias de la Lengua Española; anomalía frecuente, por lo demás, en el convulso devenir de nuestro idioma.

Como se nos escapa la razón de tal desatino —avalado a veces por histriónica evidencia—, queremos aventurar que la propia aparición prehistórica de los menhires, indicadores primigenios de usos y creencias, ha contribuido a ello. Pero frente a aquellos toscos y enhiestos bloques (2) líticos de nuestros antepasados —hitos inconfundibles desde el punto de vista formal—, la hodierna modernidad se ha aplicado a fondo en el ejercicio de abstraerse respecto de sus periódicas creaciones conmemorativas; y merced al “monolitismo” nominal de que hace gala, ya ronda el tercer grado de abstracción, e incluso lo supera. O lo que es lo mismo, frente a determinados monumentos se prescinde ex profeso de la forma real que estos presentan, a fin de enaltecer su significado con el préstamo verbal de monolito, que evoca en definitiva reputada elevación y vida perdurable.

El suelo patrio está sembrado de toda suerte de “monolitos”, y cuando ante cualquier reclamo los menos avisados nos dejamos guiar por el genuino significado de monolito y nos disponemos a contemplar, clavado en tierra o puesto verticalmente sobre un pedestal, un único bloque de piedra —labrado con mejor o peor fortuna—, advertimos con extrañeza que lo que se alza ante nuestros ojos es un obelisco, resuelto además sin hechura monolítica (2); o que meras planchas yuxtapuestas, no necesariamente pétreas, se encaraman hacia lo alto en presunta equiparación ortostática; o que un conglomerado de hormigón trata de homologarse con un menhir apuntando al cielo; o advertimos que en la memorable obra (3) que nos perturba predomina el ladrillo o el trabajo de forja; o que lo allí presente se trata, en fin, de una simple columna clásica (1) con fuste aparejado (2) de tambores (3). ¿Dónde han puesto el monolito?, preguntamos.

No hemos creado aún en castellano nombres específicos para cada uno de los multiformes “monolitos” que nos rodean. Pero lo que sí sabemos es que son escasos los que responden al acreditado sentido de “monumento de piedra de una sola pieza” (Diccionario de la lengua española). Así que mientras el genio del idioma no nos provea de voces particulares para cada caprichoso “monolito”, la modesta y a la par grandilocuente palabra monumento nos procura al menos la tranquilidad de no inducir a error en ningún caso. Seguimos en la abstracción, sí, pero sin contradicciones. ¿Por qué nombrar las cosas por la pretendida materia de que, según decimos, han sido hechas si sabemos que tal materia es ahí de todo punto inexistente?

Las imágenes que se muestran a continuación son solo un breve repertorio de los incontables falsos monolitos que atestan nuestros pueblos y ciudades. Tal denominación —como ya se ha dicho— no solo goza de la preferencia popular, sino que figura además en las actas oficiales de tantos monumentos que nunca estuvieron tan lejos de parecer un monolito.

Ver también este artículo y este otro.

 

 

“Monolito Trifinio”. Límite provincial entre
Córdoba, Málaga y Granada. (3 bloques de
hormigón.) Villanueva de Tapia (MA). 2010.

“El Monolito”. En recuerdo de la batalla de Talavera
de la Reina (Toledo) contra los franceses (27 y 28
de julio de 1809). 1989.

“Monolito” franquista (pendiente de ser
retirado) a los caídos del propio bando.
Mahón (Menorca, Islas Baleares). (Erigido
en 1939 con piedras de los talayots.)

“Monolito de la batalla de Arapiles” (Salamanca),
librada el 12 de julio de 1812.

“Monolito” -fuste aparejado (2)- a los
británicos de la I guerra mundial.
Minas de Riotinto. (Huelva). 1922.

“Monolito del Bierzo” (armazón metálico y planchas
de cristal) representando dicha comarca.
Ponferrada (León). 2020.

“Monolito” a los anarquistas muertos
por las fuerzas del orden en 1933.
Benalup-Casas Viejas (Cádiz). 1983.

Los isleños de San Fernando (Cádiz) llaman “monolito”
al bloque de hormigón con el nombre del pueblo,
puesto a la entrada en una de las rotondas. 1919.

“Monolito” franquista (pendiente de
derribo o de cambio de significado)
en el Llano Amarillo. Ceuta. 1940.

“Monolito a la Reina” para conmemorar
la visita de Eugenia de Montijo al monte
Larrún en 1859. Frontera hispano-gala.

“Monolito de Amaiur” (monte Gaztelúa,
Maya). Conmemora el último intento de
Navarra (1522) por lograr la independencia.

“Monolito sa Feixina” (ya derribado) en
honor a los marinos franquistas del buque
Baleares. Palma de Mallorca. 1946.

“Monolito de los tres mojones”.
Conmemora la división de provincias
de Córdoba, Badajoz y Ciudad Real
en 1833. El Viso-Capilla-Guadalmez.
2005.

“Monolito de la Pantanada de Tous”. Alcira (Valencia).
2020. (No hay más piedra en el “monolito” que las
planchas de mármol del pedestal de ladrillo.)

“Monolito de los comuneros” (cinco
cuerpos de sillería escalonados y
coronel). Villalar de los Comuneros
(Valladolid). 1889.

 

 

♣ (clica encima de las imágenes)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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