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No es lo que se dice

Pechinas: ni intermediarias ni sustentantes

 

Por la cómoda costumbre de repetir sin reflexionar lo que siempre se ha dicho, a menudo se afirma que:

a) las pechinas soportan la cúpula, y

b) hacen posible la transición de un cuadrado al círculo de la cúpula.

Cabe precisar en primer lugar que las pechinas son el resultado natural de yuxtaponer cuatro arcos, enfrentados dos a dos, formando un cuadrado, sobre el cual estriba el anillo de la bóveda o el octógono del cimborrio. De esa conjunción angular nace el triángulo curvilíneo invertido, el pañuelo de pico, que llamamos “pechina”. Cuando el arquitecto proyecta cerrar con cúpula o con bóveda un espacio necesita únicamente cuatro arcos que converjan todos entre sí por sus extremos, para luego asentar sobre ellos la semiesfera. No precisa nada más. Y es la bóveda —o el tambor (1) que a veces la precede— la que, posándose sobre estos arcos cardinales, cierra por arriba las enjutas (1) esquineras que los arcos han formado al juntarse, creando las cuatro pechinas —que a posteriori recibirán relativo abovedamiento—, y cuyos arqueados (1) y equiláteros lados toman de prestado: los laterales, de los arcos que convergen, y el superior, de la base de la bóveda. Pero las pechinas como tales podrían no existir. Son simple material de relleno. Sin los sillares o ladrillos que forman su superficie serían pechinas diáfanas, vanos vacíos. Lo cual, sin embargo, no repercutiría en modo alguno en la rotundidad de la circunferencia o en la multilateralidad del octógono que la base de la cúpula o del cimborrio nos muestran, ni se resentiría tampoco la capacidad sustentante de los arcos torales, que descargan, ellos solos, las tensiones de la bóveda sobre muros, pilares (1) o columnas. Las pechinas no avalan tampoco transición alguna, porque el paso del cuadrado al círculo es directo, sin vicaria intervención. Se deduce por tanto que las pechinas no fungen como elementos estructurales de la fábrica. Yuxtapuestos los arcos y asentada la cúpula, los cuatro huecos triangulados y esquineros se rellenan, sin más, con la sola intención de fusionar el conjunto y, en el caso de una iglesia, con el propósito de ornamentarlo, contribuyendo así a la ilustrada y plástica catequesis devocional que todo templo lleva a cabo.

No sucede lo mismo con la trompa, ese elemento estructural, igualmente triangular y algo más abovedado, que por su forma y el lugar que ocupa incita a la confusión a quienes lo equiparan a una pechina. Son tres, sin embargo, sus notas diferenciadoras principales. La primera, su mayor concavidad y abultamiento. En segundo lugar, su función transformadora, al hacer que la base cuadrada que da asiento a la cúpula y al cimborrio sea octogonal, ya que en cada uno de los ángulos del cuadrado original que forman los pilares y los arcos torales se inserta una trompa, multiplicando por dos el polígono inicial. Ello determina definitivamente la forma del cimborrio y en muchos casos también de la cúpula. Por último, la mayoría de las trompas no se sitúan como las pechinas en las enjutas que forman los arcos yuxtapuestos, sino a un nivel más alto, lo cual las hace autónomas respecto de los arcos torales, que ahora quedan por debajo.

Delimitada racionalmente la misión de las pechinas, queda pendiente reseñar su destacado protagonismo artístico y el sobrevenido simbolismo de su forma. Respecto del primero, son las pechinas preciado expositor de labras (1) y pinturas que preanuncian la explosión exuberante de la bóveda. En cuanto al simbolismo, evocan significados que, por poco pregonados, escapan al común conocimiento de la gente. A la pechina se le atribuye por etimología cierto parentesco con la venera (la trompa, que etimológicamente nada tiene que ver con el bivalvo, en la práctica le ha arrebatado este derecho). Venera a su vez toma el nombre de Venus, diosa de la fertilidad. Que la pechina tiene forma de útero es algo que salta a la vista; analogía que, sin embargo, la pacata Iglesia siempre ha silenciado. Entre las representaciones religiosas que dan vida a las pechinas, tanto en labra como en pintura, gana por abrumadora mayoría el tetramorfos. Los cuatro evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) se adueñan con sus respectivos símbolos (hombre, león, toro y águila) de la privilegiada atalaya ornamental que les brindan las pechinas, para anunciar a los cuatro vientos y al universo entero —eso es lo que la cúpula representa—, la fertilidad del mensaje del fundador del cristianismo. Pechina, venera, fecundidad y tetramorfos, cuatro ítems que subyacen a un programa catequético inédito y expectante.

A la vista de lo que queda dicho, el encabezamiento de este artículo podría ahora reformularse y establecer que las pechinas desempeñan bien a las claras una intermediación doctrinal en el sentido de que trascienden su irrelevancia arquitectónica para significar la simbólica correlación espiritual que las inspira: la fecunda irradiación del evangelio por un mundo tetramórfico, múltiple y diverso, donde el respeto a la diversidad de credos y razas sea la razón sustentadora del progreso.

 

 

ubicación de las pechinas

Tetramorfos en relieve sobre pechinas.
Bóveda renacentista de Santa María la
Mayor. Andújar (Jaén). Siglo XVI.

Pechina con el tetramorfo Juan. Cimborrio de la
catedral de la Asunción de Nuestra Señora.
Valencia. 1430.

Cúpula sobre pechinas. Catedral de la Encarnación.
Guadix (Granada). Siglo XVIII.

Bóveda y tambor (más que cimborrio)
sobre trompas baquetonadas (3).
Colegiata de la Santa Cruz. Socobio
(Castañeda, Cantabria). Siglo XII.

Pechinas pintadas con medallones. Capilla de Santa
Orosia, parroquia de la catedral de Jaca (Huesca).
Siglo XVII.

 

 

♣ (clica encima de las imágenes)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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