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Sillares y mampuestos

céltico

Tomado en un sentido restringido alude a un pueblo o conjunto de tribus que en torno a 1200 a. e. compartían en Centroeuropa una cultura que se iría extendiendo progresivamente por otras regiones del continente a medida que dicho pueblo se asentaba en ellas. A la Iberia peninsular los celtas llegaron a partir del 600 a. e. y se establecieron en su mitad occidental.

Vivían en castros, recintos amurallados levantados en lo alto de los montes, de los que todavía hallamos restos en las provincias interiores de la Península, especialmente en las cuencas que tributan al Duero, pero también en Galicia, si bien no hay consenso científico acerca del origen de los castros gallegos. Dentro de la citada muralla se agrupaba un caserío (1) de cabañas unifamiliares, preferentemente de planta (1) circular, que tenían armadura de maderos con relleno de ramas y mimbres, con el que también cubrían las paredes, revestido todo de paja y barro. Más tarde, las paredes vegetales serían sustituidas por ruda mampostería.

Por la cerámica encontrada en los castros sabemos que el arte céltico peninsular participó de rasgos ornamentales comunes a la cultura celta europea: su simbolismo y el gusto por los signos geométricos —combinados con espirales y entrelazado(2)—, de formas abigarradas pero simétricas, así como un naturalismo estilizado que huía del realismo figurativo.

En la actualidad, los calificativos de celta y céltico se adhieren caprichosamente con desigual acierto a toda suerte de decoración que represente espirales, ruedas, nudos, anillos, pentáculos, cruces solares, cruces gamadas, trisqueles, trenzados… o una combinación de todos ellos.

 

 

Castro celta de Las Cogotas. Cardeñosa (Ávila).
Siglos VI-I a. e.

Castro celta de El Raso. Candeleda (Ávila).
Siglos V-I a. e.

Castro celta de la Coraja. Aldeacentenera (Cáceres).
Siglos V-I a. e.